jueves, 25 de mayo de 2017

Reseña: El último viaje de Tisbea, Rafael Avendaño y Juan Gallardo






Titulo: El último viaje de Tisbea
Autores: Rafael Avendaño y Juan Gallardo
Lugar de publicación: Barcelona
Editorial: Versátil
Año: 2017
Páginas: 251


Personajes: Tisbea, David, Marisol, Juana Inés
Temática: novela juvenil realista, autismo, depresión
Localización espacio-temporal: España, s. XXI




Resumen oficial:


Tisbea tiene 22 años, agarra un berrinche si no le compran un helado de pistacho, tiene que cruzar una puerta tres veces antes de pasar al otro lado, y jamás ha besado a un chico. David ha intentado suicidarse varias veces. Está ingresado en un centro psiquiátrico. David y Tisbea son amigos, por eso Tisbea se ha propuesto encontrarle a David una razón para vivir, pero fracasa una y otra vez. El problema es que el autismo de Tisbea no le permite percibir el mundo como los demás. Pero, cuando consigue hacerlo gracias a un tratamiento experimental, se da cuenta de lo que esconden las miradas y sonrisas de los que la rodean. El último viaje de Tisbea es una tierna y emotiva historia de superación que nos recuerda que la respuesta a “¿para qué vivir?” está más cerca de lo que creemos.




Mi opinión:


Estamos ante una novela un poco peculiar. Habré leído como mucho una del mismo tema, sobre el autismo, que es el tema central. Pero la historia va más allá. No solamente habla de ella y su interior, o como se desenvuelve en el mundo con otras personas que no tienen autismo, sino que vemos también un pequeño romance junto a David, el chico que ella visita casi cada día en el psiquiátrico, aunque a ella le gusta llamarlo hospital.

He llenado este libro de post it por todos lados porque tiene muchas frases que no tienen desperdicio, a cuál más interesante de analizar. Pero tampoco quiero llenar la reseña de ellas, así que os muestro una pequeña selección.

En esta vemos que ella se guía por otro lenguaje diferente a la hora de relacionarse con los demás, ya que prefiere los números donde todo es exacto, y le cuesta adaptarse a la comunicación verbal con palabras, donde hay mucha interpretación de gestos y expresiones donde ella no se desenvuelve demasiado bien:

"Lo malo es que siempre tienes que acabar traduciendo al lenguaje de las palabras, porque si no lo haces, no vas a tener manera de decirle a nadie lo que estás pensando, y si no puedes expresar tus pensamientos a los demás, se piensan que eres idiota."



Tisbea también tiene que vivir dentro de unos límites, sólo puede estar con personas a las que conoce mucho y cumplir siempre los mismos horarios para no descontrolarse:

"Eso es algo que no entiende Marisol, los límites no son  una obligación que me han impuesto mis padres en contra de mi voluntad. Yo no puedo vivir sin ellos. Si mis padres no me los impusieran, me los impondría yo. Fuera de ellos, me siento en otro planeta, insegura, la palabra que busco es miedo..."

Así como nosotros solemos actuar casi sin pensar, por acto reflejo o conductas aprendidas ya desde pequeños, a Tisbea le cuesta horrores ser "normal" como ella define al resto de personas:

"...me agota muchísimo estar todo el día recordando qué cosas son apropiadas y qué cosas no, actuando siempre según las cosas que son normales para los demás."

Esta novela toca muchísimos temas y muy variados entre sí, desde una trama secundaria referida a la literatura, como los cuidados de la sanidad, enfermedades como la depresión, incluso toca temas filosóficos en algunos momentos:

"¿Felicidad? Si la felicidad se muestra con una sonrisa, tengo que admitir que no he visto ninguna. He visto a niños que llevaban juguetes, sobre todo electrónicos, móviles carísimos, y no por eso se les dibujaba una sonrisa en la cara."




David, el amigo de Tisbea, vive en un psiquiátrico porque ha intentado suicidarse y está deprimido. Pide a Tisbea que le de una sola razón para vivir, y ella pasará toda la novela buscando esa razón, o lo que ella entiende por razón para vivir, ya que sus conocimientos con la realidad dista mucho de lo que otras personas conocen.

El libro es muy positivo y esperanzador, ya que trata la superación personal de una persona con autismo, cuando alguien intenta darle apoyo para ello, ya que le realizan una especie de tratamiento innovador. Es entonces cuando la novela nos enseña cosas de la realidad que no nos gustan, por ejemplo, las mentiras y la hipocresía, que ella empieza a poder interpretar en los gestos de las expresiones de la cara, cosa que antes no podía conocer. Ahí ella se planteará incluso que estaba mejor antes, cuando no podía ver lo malo de las personas, que ahora que las puede interpretar, ya que será un choque muy fuerte con la verdadera y triste realidad.

Poco a poco empieza a socializar, aunque siempre con pocas personas y muy próximas a ella, y vamos viendo como cambia su comportamiento social en sitios públicos, donde antes se sentía muy insegura y se ponía a chillar histérica cuando algo no le cuadraba dentro de su mundo organizado.

También nos habla de los convencionalismos, los viajes (ya que ambos hacen uno para desentrañar un misterio matemático), el suicidio, el miedo a la muerte y a la vida...incluso toca el tema del sexo:

"El sexo. El concepto acudió a mí desde que era muy joven, desde los trece años, cuando empecé a disfrutar de la respiración de los demás sobre mi piel, sobre todo de mi padre. Recuerdo que le abrazaba con fuerza y me gustaba besarle las orejas. Mi padre me apartaba con brusquedad, me gritaba que eso era algo horroroso, "¡que soy tu padre, por Dios!. No tardé en entender que ese deseo de tocar a un chico, de que te tocaran, debía de satisfacerse con alguien que no fuera de tu familia"

En fin, vemos como se siente una persona con autismo por dentro, pero también como empieza a superarse a sí misma y a poder relacionarse con los demás. No sé cuanto de verdad tiene eso en nuestra realidad, si eso es posible cuando se tiene autismo, pero imagino que todo tendrá que ver con el grado que tengas o con lo que los demás se impliquen en ayudarte. Estaría bien que eso fuera posible.

Otra cosa que veremos en Tisbea es que empieza a darse cuenta de lo molesta que es para los demás, cosa que antes ni podía intuir siquiera, y eso le hará tomar una decisión drástica:

"Eso es lo que causo en mi familia: desesperación, vergüenza, hartazgo, negatividad, y todo mientras me sonríen con falsedad."

Un libro que nos hace pensar en muchas cosas:

"Y comprendo que la realidad no es siempre así, como el segundo amo del Lazarillo, como el castillo de Maqueda; las cosas son de una manera por fuera y de otra manera por dentro."


Recomiendo su lectura tanto si te gusta aprender sobre temas de autismo, como de la depresión o simplemente te gustan las novelas de viajes y los romances, aunque en ese área ese aspecto último está poco profundizado y se centra más en los otros temas.


Puntuación: 4,5/5



miércoles, 24 de mayo de 2017

Semihumana, Jennifer L. Armentrout






Segundo y esperadísimo libro de la serie Cazadora de hadas.

Una saga de corte paranormal, New Adult y con mucha magia que ya ha conquistado el corazón de miles de lectores en todo el mundo

Una segunda parte que supera incluso la primera y te deja con ganas de correr a por la tercera. Una saga adictiva y muy sexy de la autora número 1 internacional del New Adult.

Dividida entre el deber y la supervivencia, ya nada puede ser igual.Todo lo que creía saber Ivy Morgan se ha venido abajo. Tras ser traicionada y estar a punto de morir a manos del Príncipe de los Faes, ha de guardar a toda costa un secreto perturbador. Porque, si la Orden lo descubre, la matará.

Y luego está Ren Owens, el miembro de la Élite de la Orden, tatuado e irresistible, que ha conquistado la cama y el corazón de Ivy. Entre ellos hay una química abrasadora, pero Ivy sabe que Ren valora por encima de todo su deber hacia la Orden. Jamás la tocaría si conociera la verdad. Tal vez incluso la mataría. Pero, ¿puede Ivy seguir mintiéndole? Cuando el Príncipe de los Faes comienza a estrechar el cerco sobre ellos, decidido a abrir de manera permanente los portales hacia el Otro Mundo, Ivy se queda sin alternativas.


Greenwood, Georgia Moon


¿Te atreves a adentrarte en el bosque de Greenwood?
Tras la misteriosa desaparición de su padre, Esmeralda Grimm y su familia se trasladan al sombrío pueblo de Greenwood, en Oregón.
Aunque la pequeña comunidad está conmocionada por la reciente desaparición de una joven en el cercano bosque, nadie quiere hablar. Solo Harry, un chico tímido y muy inteligente, está dispuesto a investigar. Junto a él, Esmeralda intentará desvelar qué se esconde en las profundidades del bosque de Greenwood, donde nada es lo que parece…
Novela finalista 
de la primera edición 
del Premio Oz de Novela 

Una deliciosa y sorprendente novela de misterio con tintes románticos y elementos paranormales

Una semana de siete lunes, Jessica Brody







Publicación: 15 junio 2017



SI TUVIESES LA OPORTUNIDAD DE EMPEZAR DE CERO, ¿LA APROVECHARÍAS?

Los viajes en el tiempo están más de moda que nunca y Jessica Brody da un giro novedoso a un tema apasionante. Amor y humor con un toque sobrenatural y una perfecta lectura de verano: sorprendente, rápida, hilarante y emotiva.

Elegida por la luna, P.C. Cast





Publicación: 15 junio 2017

En un mundo tan lleno de magia como de peligro y crueldad, Mari deberá enfrentarse a su verdadero ser, aceptar su poder y embarcarse en un viaje para salvar a su pueblo.
Pero ¿está preparada para afrontar su destino?

Elegida para aceptar quién es,
elegida para seguir su destino,
elegida para cambiar el mundo.

Mari vive al margen de su identidad desde hace mucho tiempo, pero una oscura criatura ha aparecido para destrozarle la vida a ella y a cuantos la rodean. Mari deberá liberar su poder y descubrir quién es en realidad, aceptando así su otro yo y emprendiendo el camino para salvar el mundo.
En su viaje se encontrará con Nik, hijo de un clan enemigo, que le hará sentir cosas que nunca antes había sentido...
La oscuridad se cierne sobre este nuevo universo creado por P.C. Cast. Es más fuerte y devastadora que nunca. ¿Serán Mari y Nik capaces de combatirla?

Adéntrate en una historia épica cargada de fantasía y amor de la mano de la autora de Marcada, P.C. Cast.


Oscuros. El retorno de los caídos, Lauren Kate





Publicación: 17 junio 2017

Toda historia tiene su lado oculto y el protagonista de ésta es Cam, el adorable y perturbador villano de la serie Oscuros.
El cielo es estar con quien amas; el infierno, que te alejen para siempre de su lado.
La nueva novela de la autora bestseller de The New York Times.

Cam sabe lo que es ser castigado. Ningún ángel ha descendido al Infierno tantas veces como él, y la nueva condena que está viviendo es regresar a la preparatoria y ser compañero de clases de Lilith, la joven de la que siempre se enamora y quien está purgando una condena por sus pecados.
Para salvarla, Cam hace una apuesta con Lucifer: tiene quince días para hacer que la chica se enamore de él una vez más. Si lo consigue, Lilith será admitida de nuevo en el mundo y podrá vivir feliz al lado de Cam. Si falla, Cam será enviado a un lugar muy exclusivo del Infierno, diseñado especialmente por Lucifer. El tiempo se agota.

Fan total, A.V. Geiger






Publicación: 4 de julio de 2017



#ObsesionadaConEricThorn 

Cuando Tessa lanzó el hashtag, no imaginaba que su ídolo prestaría la menor atención… Pero sí lo hizo.

Eric está descubriendo el lado amargo de la fama: las exigencias de la discográfica, la persecución de la prensa, la presión de las redes sociales. Harto de las admiradoras que le acorralan, decide utilizar un perfil falso para boicotear a sus fans, y en especial a Tessa.

Pero nada sale como esperaba, y su relación con Tessa se complica. Los sentimientos empiezan a aflorar y conocerse en persona es el siguiente paso. Pero ella también tiene aspectos de su vida que está intentando superar… y que pueden poner en peligro a cualquiera que se le acerque.


El ruido de la guerra, Iria M. Mirás


jueves, 18 de mayo de 2017

#sorteothecruelty en Twitter


Hola de nuevo.

He hecho un sorteo internacional del libro THE CRUELTY. VOY A POR TÍ, de Scott Bergstrom en Twitter. Aquí os dejo el banner.

Sólo hay que hacer RT al siguiente enlace allí en Twitter y seguir mi cuenta @librosconalma

https://twitter.com/librosconalma/status/865161009446744065


The cruelty. Voy a por tí, Scott Bergstrom







Título: The cruelty. Voy a por tí
Autor: Scott Bergstrom
Lugar de publicación: Barcelona
Editorial: Penguin Random House
Año: 2017



Personajes: Gwendolyn, Terrance, Bela
Temática: thriller juvenil, romance
Localización espacio-temporal: Los Ángeles, s. XXI



Resumen oficial:


"Un thriller tenebroso, adictivo y muy interesante. No podrás soltarlo.El único modo de sobrevivir es ser tan cruel como tus enemigos. 

Gwen siempre ha estado sola. Hija de un diplomático, se ha pasado la vida cambiando de país, de escuela y de amigos. Pero hasta que su padre desaparece de la noche a la mañana y el gobierno se niega a ayudarla, Gwen no se da cuenta de lo que significa estar realmente sola.Con una nueva identidad y siguiendo la única pista que tiene, viaja por toda Europa adentrándose en el mundo del tráfico de armas y personas hasta llegar al corazón de la familia criminal más temida y peligrosa del mundo. Gwen descubrirá de inmediato que el único modo de sobrevivir es combatir el fuego con fuego."




Mi opinión:

Debo reconocer que nada más leer las primeras frases del libro la lectura me ha enganchado de una manera extraña. El primer capítulo nos introduce en la clase de literatura, y ya con eso me gana nada más empezar. Están estudiando el libro "L´etranger" (El extranjero) de Albert Camus, y nos sumerge ya en lo que significa para Gwendolin ser extranjera en EEUU, tanto en lo que supone cuando vas por las calles corriendo por miedo a que te ataquen como cuando está en el instituto y sufre de acoso escolar.

Aunque el libro es un thriller juvenil, y por lo tanto trata sobre la persecución de Gwen por parte de los que se supone que trabajan con su padre cuando éste desaparece, a mi me gusta más encontrar otros temas periféricos a la trama principal, como podrían ser el acoso escolar o bullying (tan debatido últimamente gracias a la serie Por 13 razones y el libro del mismo título), el odio de clase (claramente reflejado en el instituto donde la mayoría de estudiantes son ricos frente a una minoría del 5% que son personas más pobres que deben buscarse la vida para pagarse los estudios, como el caso de Gwen y normalmente alumnos extranjeros), el capitalismo, las clases sociales...

"La cuestión es la siguiente: el noventa y cinco por ciento de este centro está compuesto por chavales que son muy ricos y muy blancos. El cinco por ciento que no lo es está aquí, o bien porque tiene una beca, o bien porque sus padres trabajan en la ONU. A los demás no les gustamos los del cinco por ciento, como nos llaman, pero ayudamos a personas como la señora Wasserman a aparentar que la Academia Danton no es una fábrica de cerdos elitistas."

También se toca el tema de la pérdida de un ser querido, pues la madre de Gwen muere de forma muy violenta en el país de donde ella viene, Argelia. Ese comienzo ya nos mete de lleno en la crueldad de la realidad, de ahí el título del libro "The Cruelty":

"Catorce puñaladas en el pecho y el cuello. Es la causa oficial de muerte de mi madre. Eso es lo que dice el informe de la autopsia y eso es lo que me dijo mi padre cuando tuve la edad suficiente para preguntárselo. (...) Pero hubo algo más, claro. Algo que le ocurrió después de que la sacaran del coche a rastras y antes de que la apuñalaran."





Esa realidad y ese pasado es el que nos ayuda a entender cómo se siente Gwen día a día en el instituto, de otra manera lo leeríamos y no podríamos ponernos en su piel, quizá lo veríamos todo de forma superficial. Pero gracias a lo descriptivo del libro nos podemos hacer una pequeña idea de sus sentimientos y el porqué de su gusto por los deportes, donde se refugia para huir de esos recuerdos:

"Ansiaba esos breves instantes que pasaba en el aire, esos instantes en los que burlaba la gravedad, esa droga llamada libertad. ¿Y qué si el  colocón de no tener que pensar en nada duraba solo una décima de segundo?¿Y qué si los acosadores escolares, la soledad y los recuerdos estaban esperándome en el suelo? Siempre podría regresar a la barra de equilibrios.

Todo ese ambiente junto con las mentiras que Gwen cree que ha estado contándole su padre durante toda su vida, hacen que cojamos el libro de un modo muy intenso y no lo queramos soltar hasta saber el porqué, el motivo de la desaparición de su padre pero sobretodo ese pasado lleno de mentiras que la han rodeado siempre y que ella empezará a descubrir.

Como no podía ser de otra manera, la novela nos introduce también en el mundillo de la delincuencia y de la hipocresía de los estados y sus servicios de inteligencia, con una crítica específica hacia la CIA de EEUU. 


Todo un cóctel de temas, mezclados y preparados para servir. Una lectura adictiva donde las haya. Si dispones de un día o dos, aprovecha para leerlo porque no lo vas a soltar. 

Y por si fuera poco y para los amantes del romance, la historia amorosa entre líneas de Gwen y Terrance, una parte que a mí me ha gustado mucho, en especial la escena del jardín. 


Puntuación: 5/5








lunes, 15 de mayo de 2017

El médico dice que tengo...


AVISO:


Hola, en esta entrada me voy un poco de un tema a otro pero es que estoy algo dispersa y no puedo hilar una narración coherente, sorryyyyyyyyyyyyy, tal como está mi cabeza así está la entrada...pero os pondré un número para separar los temas y que no os estalle la mente como a mí...







1. Hace unos días puse un vídeo en Youtube muy cutre que dura 3 segundos con el hashtag #thecruelty dentro de la imagen del vídeo, para preguntaros algo (expresamente, tranquilos que pronto lo borraré del canal):


En el vídeo no hablo ni digo nada, pero en la descripción puse esto:

"¿Quieres saber algo sobre este libro? Dale a like si quieres que te cuente algo en el siguiente vídeo..."

No recuerdo si ese día había algún like, que yo recuerde ni uno. Hoy cuando lo he mirado tampoco es que haya mucho más, 4 likes y 2 dislikes.

Pues bien, eso tenía un motivo, pero como cuando intento hacer algo así original nadie me entiende o simplemente la gente pasa o no sé crear misterio o no estoy inspirada o yo qué sé cuantos motivos.... yo también he pasado de seguir insistiendo, porque, para ser sincera, no tenía ni ganas, ni soy profesional de la comunicación, para qué nos vamos a engañar. 

Quería preparar algo especial sobre este libro, hacer alguna semana temática (no sé porqué si aún no lo he leído aunque tenía ganas de hacerlo, y algo me llamaba poderosamente la atención así que me había empeñado en preparar algo bueno sobre el mismo, estoy así de loca, quizá un sorteo con preguntas, algún club de lectura para comentarlo o como se diga, ya ni recuerdo el nombre que se le da a un grupo de gente que lee el mismo libro y luego lo comenta, fijaos si hace tiempo que no leo casi nada ni me puedo concentrar...).


2. NO tengo presupuesto para mantener este blog literario (yo pago el dominio de la web, a ver, que tampoco es tanto dinero pero es que hasta eso se me hace mucho hoy día), ni las compras de libros para hacer book hauls, ni tengo ayuda de ningún tipo para el canal de Youtube ni nothing de nothing...(ni económica ni sobre temas de seo o marketing digital o como se llame la chorrada esa)

Así que bueno, 
hago lo que puedo, cuando puedo y quiero.






3. Aún así el gusto por la lectura sigue ahí, en algún rincón escondido de mi corazón que se resiste a salir de nuevo, vete tú a saber porqué. 




También sigue ahí mi curiosidad literaria y ansias por conocer las novedades o descubrir por arte de magia algún libro juvenil que merezca la pena leer de verdad, que tenga gancho, que me llene...esas cosillas tan fantásticas que te suceden cuando un libro te gusta y de verdad es bueno.




4. Pues bien, todavía no he empezado a leer este libro que menciono en el punto 1 de la entrada, aunque me atrae muchísimo y cuando termine mi actual lectura seguro que el siguiente va a ser este, ya que lo tengo por casa de hace unos días también. 

Peeeeeeeeeero quería que viérais esto al menos para ir abriendo boca...
así que os dejo con el booktrailer del libro "The Cruelty", de Scott Bergstrom, en dos versiones para que las podáis comparar...



Versión alemana:




Versión americana:






Y esta entrada continuará...o no...







sábado, 13 de mayo de 2017

Hoy es día 13, Noemí Sapiña ("Por 13 razones" / "13 reasons why", Jay Asher)

Hola de nuevo.

Curiosamente hoy es día 13 de mayo de 2017. No importa el mes ni el año, pero sí el día.

El número 13 es en muchas culturas símbolo de mala suerte, como por ejemplo, aquí en España lo es el martes 13. En EEUU el viernes 13 sería el equivalente a ese día de mala suerte. Incluso hay películas de terror tituladas así, “Viernes 13”.

Pero esta vez el 13 para mí no ha sido de mala suerte. Hace ya algunos años que leí el libro Por 13 razones, de Jay Asher.

Recuerdo haberlo leído en su momento, cuando se publicó en español, pero desgraciadamente pasó sin pena ni gloria por mis lecturas. Cuando lees tanto y muchas novelas juveniles de temática similar, no reparas en ninguna en particular. Incluso te llega a saturar, y por esa razón ni te fijas en lo importante. En su momento, yo no lo hice, me gustó, durante un tiempo me hizo pensar, y luego la olvidé, como hacen los compañeros de Hannah Baker con ella.



                               
Cuando leemos un libro o vemos una serie como esta, sin duda algo nos tiene que dejar “tocados”. Lo que a mi me preocupa no es eso, que sería hasta cierto punto normal, sino el hecho de que después, en unos días, olvidamos todo. No cambiamos nada en nuestra vida, no actuamos diferente, nada nos mueve a actuar.

Hace un año más o menos me pasó algo en mi trabajo. Yo llevaba muchos años aguantando una situación, una persona me gritaba, un superior podríamos decir, y yo no decía nada. Incluso lo veía normal. No le di importancia ni siquiera cuando eso me pasaba a mi. Pasó el tiempo hasta que dije basta. Puse fin a esa situación, lo expliqué entre llantos en el despacho de recursos humanos. 

¿Recordáis en la serie 13 reasons why, cuando Hannah intenta explicar que se siente muy mal y quiere poner fin a su vida y no le hacen caso?. Me sentí así después de salir del despacho. Yo no me quería quitar la vida ni nada parecido, pero era un caso similar, ¡qué diantres!, era maltrato verbal y psicológico y a nadie le importó. O eso creía yo.

Yo volví a mi puesto de trabajo normal, como cada día, y ese hombre seguía ahí haciendo lo mismo pero con otras personas. Un día vino el encargado de recursos humanos junto a uno de mis otros jefes, un regidor. Vinieron a hablar conmigo. Me sentaron en una mesa y pensé que iban a echarme la bronca por algo, es lo primero que piensas. Eran dos hombres, no me sentía del todo segura.

Pero ahí no termina la cosa. Ellos sabían perfectamente el problema que yo había tenido con ese superior que me gritaba. 

Pues ahí estaba ese hombre de nuevo, en esa reunión, frente a mí, sentado. Ahí no supe qué pasaba, pero tenía miedo. Ellos estaban ahí sentados como si nada, con ese hombre frente a mí, que recuerdo perfectamente que no levantaba los ojos de la mesa y miraba hacia abajo avergonzado. Ahora eran tres hombres y yo.

Yo los miraba, en especial a mi regidor, pensando: ¿porqué lo habéis traído?¿porqué tengo que aguantar esto?¿porqué tenéis que hacer la reunión o venir a hablar conmigo con él delante?.

En ese momento yo no sabía qué pasaba, más tarde me enteré que debían seguir alguna especie de protocolo anti bullying, al menos eso me gustaría pensar.

Pero ¿qué manera es esa, dejando a la víctima frente al acosador en una sala con otros dos hombres…?. Ojalá al menos algún psicólogo o alguien competente les hubiera aconsejado que eso es lo peor que puedes hacer, no puedes dejar a la víctima con el acosador, ¿a quién se le ocurre?.

Pues ellos lo veían normal. Mejor dicho, ni lo veían, ni siquiera debían pensar en ello. Pero él sí, él estaba avergonzado, luego sabía lo que había hecho. Yo también sabía lo que él había hecho. Los dos lo sabíamos y por tanto, no veíamos normal esa situación.

Como sucede tantas y tantas veces, lo único que pasó es que me comunicaron que me cambiaban de sitio. Yo tengo plaza en ese lugar, soy fija. Pues bien, me cambiaban a mí. No a él, al agresor. No. A mí, a la víctima.

Inocentemente pensaba que al menos me sacaban de ahí para “protegerme”. ¡Qué ilusa!. No me protegían a mí, le protegían a él. Así nadie más se enteraría de lo que hacía, si yo salía de en medio nadie se daría cuenta de nada. ¿Recordáis el director del instituto donde estudiaba Hannah? ¿Y a los profesores, que no hicieron nada tampoco?

Yo en ese momento no supe nada, seguía pensando que me separaban de él para que no me hiciera daño. Ja. Ja. Ja ja ja…

Cuando me trasladaron, me pusieron en un lugar con otras dos compañeras. Esta vez mujeres. Y yo pensé: estoy a salvo, son mujeres, menos mal. 

Una de ellas era muy simpática, la otra todo lo contrario. Yo pensé ¡qué importa!, si no habla, mejor para mi, no me molestará. 

Estaba equivocada, ella era el peligro. 

Es una persona que gota a gota va minando tus energías hasta que ya no sientes nada y todo te da igual, permites su maltrato silencioso porque nadie se va a dar cuenta y porque no lo puedes demostrar. ¿Cómo hacerlo si no es una persona que grite, o te pegue o nada visible que otros puedan ver?.

Estuve tres años de mi vida con ella, y de echo sigo, si bien ahora ayudo a la otra compañera y no a ella aunque esté sentada a mi lado.

Me tuvo esos tres años quitando grapas y clips de los folios. Al principio, como es un archivo, hasta piensas que es normal. Hay que proteger los documentos de esas cosas que corrompen el papel, incluso me gustaba hacerlo. También me enviaba a eliminar papel, hay que destruir documentos repetidos por razones de espacio y caducidad de los expedientes. Hay cosas que deben eliminarse por ley. Hasta ahí todo bien.

Día tras día empezaban a dolerme las manos de tanto desgrapar, pues eran ocho horas diarias haciendo lo mismo. Incluso me torcí el dedo pequeño. Fui a la mutua laboral, me hicieron radiografías y me mandaron unas pastillas. No funcionó y mi dedo sigue torcido. Decidí no darle importancia, me pasaban cosas peores que eso. Las cervicales se me destrozaron, el cuello se me quedó recto al estar tantas horas agachada sobre la mesa hasta el punto de que se me desgastó por dentro el hueso y eso va haciendo que poco a poco no pueda mover el cuello ni los hombros. 

Había ido a médicos, muchos meses estuve mareada y parecía que eso era normal cuando tienes las cervicales mal. Mi médico de cabecera decía que era normal, el de la mutua quería acabar cuanto antes y me dio el alta así, como estaba, sin curar. Me enviaron al tribunal médico en Barcelona que me obligó a volver al trabajo. 

Y volví.

Nada había cambiado, yo seguía mareada y trabajando en el mismo lugar, haciendo la misma cosa. Nadie me ayudó con eso. 

Hasta que no sé porqué, alguien me aconsejó ir a un masajista. Yo ni lo había pensado porque creía que eso tampoco solucionaría nada, ya que era algo interno de desgaste de huesos, hernia discal y todo eso. La fisioterapeuta que me tocó es una chica genial, incluso valdría para psicóloga porque te escucha y pregunta cosas para hacerte sentir mejor.

En una sola sesión me quitó el mareo, tal cual. En una hora no me mareaba,  había estado cinco meses con varios médicos y nadie me había dicho que con un masaje de un fisioterapeuta podía quitarme ese mareo al menos. Pero lo hizo.

Tras esa sesión hubieron otras y me relajaba la espalda si bien tampoco solucionaba el problema porque yo seguía haciendo el mismo trabajo que era el que me provocaba el mareo y dolor de cervicales. Seguía todo igual.

Un día mi cuñada me hizo pensar. Me dijo que esa realidad yo la podía cambiar, que no tenía porqué ser una víctima, que podía hacerle frente. La verdad, no creía que eso fuera posible, ¿qué iba a hacer? La chica era mi superiora, una vez más, una jefa igual que aquél jefe que me gritaba. 

El que piense que un jefe debe gritar al trabajador y que eso es lo normal, desde ya le digo que no, que se puede trabajar sin gritos y que nadie tiene porqué aguantar eso.

Se puede vivir sin acoso. Se puede vivir sin gritos y sin maltrato. No hay mucha ayuda por parte de los demás, todos miran hacia otro lado, pero sí la hay por parte de ti misma. Yo era la que sí podía cambiar mi actitud y hacerle frente, los demás eran así de “enfermos” o malos, no podía cambiar eso, no podía cambiarlos a ellos.

Decidí de nuevo decir basta. No le dije a ningún jefe nada ni tampoco a recursos humanos, ya que ellos me habían quitado de en medio en una ocasión e iban a hacer lo mismo sin problemas, de echo me dijeron: "debes hacer lo que tu jefa te diga". Así, sin más. 

Mi fisioterapeuta me dijo que no tenía porqué aguantar eso. Que si cambiaba de actividad laboral el dolor pararía, y eso hice. Aproveché que mi otra compañera necesitaba una ayudante, ella misma me propuso trabajar para ella en lugar de para la otra, y en recursos humanos le hicieron caso y me dijeron que ahora tendría dos jefas, la “maltratadora” (aunque no la llamaban así, claro) y la que me ayudaba.

Yo acepté, porque sabía que yo misma había dicho basta y no iba a manipularme más. No puedo deciros que ella haya parado, sigue intentando hacerme daño, pero ya no puede. Y no será por no intentarlo. Sus tácticas van cambiando pero ya no funcionan porque no se lo permito. 

Yo ahora estoy bien, aunque tenga que aguantarla sentada a mi lado cada día 8 horas, ya no tiene poder sobre mí, yo he decidido que no lo tenga. 

Al final parece que sí hubo ayuda, tanto por parte de mi fisioterapeuta, como por parte de mi cuñada que me había dicho que yo podía cambiar eso, como por parte de esa otra compañera que me ayudó a cambiar de actividades laborales, y así dejó de dolerme. Tuve suerte en eso.

A veces la ayuda no viene de quien te imaginas o de quién está más cerca o sientes más tu compañero o amigo o lo que sea. A veces la ayuda es una frase que te hace reaccionar. Yo he dejado de ser acosada porque ya no lo permito. Pero sigo viendo a mi alrededor otros compañeros siendo acosados, diariamente.

Sí, como sucede con los estudiantes del instituto de Hannah Baker, de los que habla en el libro. En el trabajo eso también sucede, porque las personas no cambian, siguen siendo malas cuando son adultas si no cambian su manera de ver la vida. Ellas sufren y quieren que tú también sufras, no quieren verte feliz si ellos no lo son.



Hannah no encontró esa ayuda, esa frase que la frenara de hacer lo que hizo, y se suicidó. Para ella ya es tarde, así como para otras tantas personas. 

Si habéis leído el libro o visto la serie, recordaréis a ese estudiante que hace fotos por todo el instituto para publicarlas en la revista escolar. Él también fue acosado todos los días. Pero su manera de reaccionar fue otra bien distinta. Él no se quitó la vida. Él está preparando su venganza.

Os digo desde ya que la venganza tampoco soluciona nada, no te quita ese sentimiento de odio hacia los que te han hecho daño, tú sigues odiándoles, y ellos siguen teniendo ese poder sobre ti. Incluso hacen que tú hagas algo peor que ellos, que los hieras o asustes o mates, incluso.

Respecto a la serie, quieren hacer una segunda temporada, donde ese chico se venga de todos sus compañeros. También otros capítulos, que estarán dedicados a cada uno de sus compañeros y sus propias vivencias. No me parece mal que la hagan, siempre y cuando eso sirva para concienciar sobre el problema del bullying y poner alguna solución, actuar contra eso de la forma más adecuada.




¿Y vosotros?¿Pensáis que servirá para algo esa segunda temporada o que pasará sin pena ni gloria y volveremos a olvidarlo todo?¿Debería terminar ahí, igual que el libro que la originó?

Creo que una historia nunca tiene un final. La vida nos enseña que todo puede ser peor, o mejor, según el punto de vista de quién mira.

¿Seguirás mirando hacia otro lado?



martes, 9 de mayo de 2017

Esa luz, Noemí Sapiña

Bien. Aquí estoy. Esto no va a ser fácil, porque no soy dada a escribir sobre ello. Hace tiempo que me he dado cuenta que necesito hacerlo, pero no sabía cómo. 

Siempre he buscado excusas para ser quién soy. Yo misma me he cerrado las puertas, nadie me las cerraba, yo me auto-encerraba dentro de lo que yo pensaba que era una cárcel.

No había tal cárcel. Nadie me mantenía encerrada. Lo hacía yo misma.

Y todo por el miedo a la reacción de los demás al leerlo. Al hablar de mi misma por primera vez sin esconderme, sin hacer como que es un personaje o le pasa a otra persona, puedo por fin liberarme. 

Yo me había atado, encerrado, escondido… y no he permitido que mis alas desplegaran y volaran hacia lo que yo en realidad quería ser.






Cuando era pequeña le tenía miedo a todo:

- miedo al ridículo

- miedo a la soledad

- miedo a equivocarme en cualquier cosa

- miedo a que se rieran de mi por cualquier motivo por tonto que éste fuera

- miedo a las gallinas, a las aves en general (¿premonitorio?)

- miedo a los perros y a que me pudieran morder, ya que por aquél entonces no era obligado que tuvieran que ir por la calle atados, andaban sueltos por la calle, y claro, podían morderme. Porque yo pensaba que me odiaban. Normal, no me conocen. Lo normal es que me muerdan… (o no?, pero eso pensaba la niña pequeña que yo era).

-miedo a pasar por una casa abandonada…

Cuando mi hermana y yo éramos pequeñas, mi padre aún fumaba. Nos mandaba a buscar el tabaco a un estanco. El problema era que para llegar allí debíamos pasar por medio de una casa abandonada. Nosotras la llamábamos “La casa de la bruja”. No veíamos nunca a la anciana que se suponía que la habitaba y en nuestra imaginación infantil pensábamos que era una bruja que perseguía a los niños. Solíamos pasar por ahí hacia el atardecer, un poco antes de que fuera totalmente de noche, momentos antes de la cena, si mi memoria no me falla.

La recompensa era que cuando entrábamos a ese lugar donde vendían el tabaco, el dueño nos regalaba algún detallito como podría ser una pirueta o alguna chocolatina, un caramelo… y eso hacía que valiera la pena pasar ese miedo caminando frente a la casa abandonada.

Nunca llegó a pasar nada realmente serio, nada malo, nada en ninguno de esos viajes a por tabaco, y fueron unos cuantos. 

Fuimos creciendo y con la edad, a la vez, en mi interior fueron creciendo otro tipo de miedos más profundos, unos miedos a lo desconocido, a todo aquello que no podía entender con respecto al mundo de los adultos, y por ser aún una adolescente no podía entender, o en mi mente yo intentaba explicarlo de alguna manera pero que realmente no lo terminaba de entender del todo bien y terminaba por hacerse mucho más grande. 

El miedo crecía y crecía hasta el punto de no querer saber nada sobre ese tema, o no querer “disfrutarlo”, no querer experimentarlo aunque en realidad fuera una cosa buena. 

A pesar de esos miedos y de ese puzzle que poco a poco intentaba formar en mi cabeza para intentar que todo tuviera sentido, mi infancia fue muy feliz en general. Crecí en una familia muy pacífica, muy tranquila, donde las voces nunca eran una más alta que la otra, no había ni gritos ni momentos malos en general, a mi parecer. Somos cuatro hermanas y siempre nos hemos llevado bien. Todo parecía estar bien. 

Pero yo no lo estaba. No sabía el motivo, pero no estaba “tranquila”. 

Con el tiempo veía como iban pasando los años, y otro nuevo miedo crecía dentro de mí. Esta vez era algo que yo no podía tocar, ver, oler, intuir, sentir… no era algo que yo pudiera enseñar a nadie.

Sentía una soledad enorme. Estaba rodeada de compañeros en el colegio, estaba rodeada de familiares en las cenas de Navidad, había gente por la calle, demasiada a veces. Había gente los domingos en la iglesia donde yo asistía. Siempre había gente… pero ninguna de esas personas se acercaba a mí. Quizá yo era la que provocaba ese miedo en los demás, no lo sé con certeza.

¿Podría ser que mi miedo se transparentara?

Pensaba que esas personas no se acercaban a mi, a hablar conmigo a solas, porque yo les daba miedo. Pero la que tenía miedo era yo en realidad. Ni siquiera lo quería aceptar en muchos momentos y llegué a no darle importancia.

Pero los problemas no se resuelven porque miremos hacia otro lado. El problema seguía ahí dentro haciéndose fuerte. Y yo intentaba ignorarlo.

De nuevo tuvieron que pasar unos años más para identificar a qué le tenía miedo, y era algo tan simple y a la vez tan complicado como esto: 

- tenía miedo a no tener nunca una mejor amiga, o al menos una amiga, así, sin más. 

Es curioso porque yo soy una persona muy solitaria, estoy muy acostumbrada a pasar largas horas sola leyendo, escribiendo a veces, pensando, viendo alguna película, y en esos momentos yo no siento miedo a la soledad, ni mucho menos. No me asusta estar sola en un lugar, físicamente. Es más, lo disfruto muchísimo, porque me permite poder cultivar mi interior. 

Pero ese miedo era real: no tenía a nadie a quién contarle mis pensamientos, así como sucede ahora mismo, por eso los estoy escribiendo. 

En aquellos años yo tenía ya 13 años. Ese miedo había crecido tanto que se convirtió en ansiedad, aunque por aquél entonces esa enfermedad no se conocía, no se hablaba de ella, era casi desconocida en un entorno normal a nivel de calle. 

No llamaba la atención a nadie una niña llorando, los niños lloran todo el tiempo por las cosas más absurdas.

Pero una maestra sí debió darse cuenta. Llegaba la hora de la clase y faltaba yo. No entraba. Imagino que debió empezar a buscarme, esa parte yo no la viví, solo tengo vagos recuerdos de mi punto de vista. 

Yo estaba encerrada en un lavabo llorando y llorando. No podía parar. Era un llanto que no puedo explicar. No sucedía nada, al menos aparentemente. 

Llamaron a mi madre que por aquél entonces ayudaba a una maestra en otra de las clases, así que estaba cerca. Ella llamó a la puerta insistentemente y me decía: “Noemí, abre, soy la mama, te quiero…” y un montón de palabras más.

Yo estaba en shock, no podía razonar. De verdad que quería poder moverme, pero no podía. En ese lavabo empezó todo. Mi miedo había salido fuera y ya no lo podía ocultar. Otras personas se habían dado cuenta de que algo sucedía, de que aquello no era normal. Me pasaba algo raro.

Yo pensaba: "no puedo salir, por favor que se vayan todos, no puedo moverme, duele demasiado, que se callen las voces, que me dejen sola".

Curioso. Me sentía sola pero no quería que nadie se aproximara a mi, quería estarlo. Quería estar sola. Así me sentía y no entendía el porqué. 

Tenía una angustia terrible, me dolía el pecho muchísimo, no podía casi respirar. 

Yo me sentía tan enormemente mal que no quería ni abrir la puerta a mi madre, y eso que con ella siempre he tenido confianza para hablar de cualquier cosa que me sucedía. Pero esto era completamente diferente, esto no me había pasado nunca y yo no sabía qué sucedía, y mucho menos el porqué. Sólo sabía que tenía ganas de llorar y de estar sola, y no quería que nadie me encontrara.

Tardé un poco pero al final abrí la puerta. Mi madre me abrazó y me dijo si yo sabía que ella me quería. Yo le dije que sí, supongo, no lo recuerdo bien. Pero para mí no bastaba. No me sentía completa.

Con el tiempo fui entendiendo lo que me pasaba, o mejor dicho, la etiqueta o nombre que un psicólogo infantil le puso a lo que me pasaba. Tenía ansiedad.

Yo en aquella consulta no sabía ni lo que hacía. Intentaba entender quién era ese hombre al que nunca había visto y porqué me hablaba así de esa manera tan pausada y tan bajito, con esa voz tan tranquila y un tono suave como si me fuera a romper en cualquier momento.

Era, a ojos de ese extraño, como una copa de cristal que en cualquier momento se puede caer y romper en mil pedazos. Así actuaba conmigo.

Y es que quizá era eso en realidad lo que estaba pasando conmigo. Me estaba rompiendo en mil trozos pequeñitos y no había manera de recomponerme. Al menos, no era posible con mis propias fuerzas, ni tan siquiera parecía que lo que el hombre decía tuviera sentido. No para una adolescente que no entiende nada del mundo adulto.

El psicólogo le aconsejó a mi madre que me llevara a lugares donde hubiera más niños y niñas de mi edad, algo así como campamentos, colonias, cumpleaños, fiestas, esplais… donde poder relacionarme con alguien más a parte de con mi propia familia.

Pero yo eso ya lo había vivido. No había funcionado. 

Yo me preguntaba porqué nadie había contado conmigo a la hora de llevarme a un sitio lleno de “gente” que no conocía de nada. ¿Porqué pensaba ese hombre que yo iba a estar mejor, a sentirme menos sola si estaba rodeada de otras personas?. Esas personas siempre me habían rehuido. Por lo que sea. Aún hoy, esta misma mañana que he estado en un cursillo de trabajo, ha sucedido. ¿Porqué iba a ser diferente?. 

Sigue sucediendo. La gente sigue rehuyéndome. Y no sé el porqué.

Como ya debéis suponer, eso no me ayudó en nada. Quizá tuvo el efecto contrario más bien, pues el hecho de estar mucho tiempo rodeada de otras personas a las que no conocía de nada todavía agravaba más mi sentimiento de soledad, pues uno de mis problemas era precisamente que me costaba entablar conversación con personas cuando había mucha gente alrededor. 

Yo soy más de hablar a solas con una sola persona, y hablar de lo que sea, soy capaz de contarle mi vida entera según cojo confianza, pero poco a poco y sin espectadores. Y si podía ser, en un lugar tranquilo, sin ruidos.

Ese es otro problema. El ruido. 

Hasta hace unos pocos años, ya pasada la cuarentena, no he descubierto que soy hipersensible al ruido. Normal que me pusiera a llorar cuando entraba al colegio con todos esos niños corriendo, dando pisotones y patadas a diestro y siniestro, chillando… 

Mi abuelo me contó una vez que yo me tapaba los oídos durante todo el trayecto desde casa al colegio. Supongo que él pensaba que era porque hacía viento o frío. Yo ahora que lo recuerdo sé que no era ese el motivo.

Y ahí estaba yo. En el colegio. Pequeña como un corderito, flacucha porque nunca fui de comer mucho. Ante una jauría de lobos hambrientos. Sí, eso es lo que yo sentía. 

De echo me daba miedo salir al patio porque siempre terminaban dándome con la pelota de fútbol, o me daban patadas o lo que fuera si intentaba ir de un lugar del patio al otro. Siempre estaban jugando a fútbol. Con mucho ruido, muchos gritos, muchas risas, muchos círculos de niños y niñas riéndose a todo volumen. 

Y yo. En medio.

Recuerdo que para pasar de un lugar del patio al lado contrario, me agarraba a la pared e iba caminando sin despegarme nunca, con las dos manos y agachando la cabeza. Aún así siempre llegaba a casa con algún chichón.

Lo peor era el día que había excursión. Sí, para mí era lo peor. Prefería las clases donde había silencio y todos escuchaban al profesor, ahí no chillaban ni me sentía tan desprotegida.

Cuando había excursión yo le pedía a mis padres que por favor no me obligaran a ir. Sobretodo porque no tenía con quién. Quizá recordéis de pequeños que se suele ir en pareja para que los niños no se pierdan, o agarrados a una cuerda. 

Yo no tenía esa mano amiga al otro lado. Iba sola. Detrás de algunas parejas de niñas, y delante de otras parejas de niños. Imagino que era la profesora quién terminaba cogiendo mi mano. Nadie más lo hacía.

Yo estaba tan asustada que no me atrevía a acercarme a nadie. Me sentía abandonada, desprotegida.

Siempre estaré agradecida a mis padres en esos días porque no me obligaban a ir. Al menos yo recuerdo viajes de fin de curso a los que nunca fui, y excursiones a las que iban los demás y de las que yo, por lo que fuera, me libraba. Quizá mis padres no le dieran importancia a que no fuera, por suerte para mí.

Tampoco iba a las fiestas de cumpleaños, y cuando era el mío lo celebraba siempre en familia, protegida, con mis padres, hermanas, abuelos y quizá primos y tíos alguna vez. 

Cuando no haces caso de un problema y siempre impides acercarte a él o encontrarte en esa situación, cuando lo evades y miras hacia otro lado, no se soluciona. El problema va contigo. 

El miedo que al principio no era tan grande, se fue transformando en un miedo irracional a que las personas me hicieran algo si me acercaba, ya fuera reírse de mí o pegarme o qué sé yo. Tenía mucho miedo en especial a los grupos de adolescentes. Antes porque los veía mayores que yo, después porque seguí viéndolos así en mi mente, aunque yo tuviera ya 40 años. 

Ya de adulta yo salía a comprar sólo cuando era mediodía y la mayoría de personas está comiendo, para evitar que nadie me viera por la calle, para no cruzarme con grupos de adolescentes, y también para no tener que sufrir largas colas en el supermercado.

Iba al trabajo con miedo. 

Para variar, sí, otra vez el miedo irracional a todo. 

Con el tiempo y conforme he ido reflexionando sobre ello me he dado cuenta de que tenía una imagen muy distorsionada de la realidad, pues mirando hacia atrás no logro encontrar el verdadero motivo de ese miedo a relacionarme con los demás.

Lo curioso de todo el asunto es que yo era una niña muy alegre y extrovertida, me encantaba hablar y reír, explicaba todo lo que sucedía en mi día a día a mis padres y mis hermanas, no parecía ser una persona tímida en absoluto. Yo nunca me hubiera definido así.

Recuerdo que cuando nos visitaban mis tías o abuelos yo iba corriendo a sus brazos, a diferencia de mi hermana que empezaba a llorar y llorar sin parar y se escondía tras la falda de mi madre. Ella sí era tímida y sólo asomaba su cabecita cuando ya se habían ido. Yo no era así de cara a los demás, yo no era tímida, sino una chica dicharachera que no paraba de hablar y reír, al menos con mis familiares.

Ese estado de ansiedad y miedo se ha agravado con los años, pues ya no hay nadie que pueda en cierta manera “obligarme” a relacionarme con otras personas que pueda considerar como extraños o desconocidos.

Así he llegado a la edad adulta. 

De joven sólo contaba con la compañía de mi novio a los 16 años y con mi familia, y sin ninguna experiencia de lo que era tener una amiga o amigo. Nada de nada. Cero absoluto. 

Pero mi primer novio me demostró que no me quería. Yo tardé en darme cuenta pero al final lo vi. Y yo corté con él porque él nunca se atrevió a decírmelo. Fue un cobarde. De hecho en mi mente siempre me decía que él me había abandonado, que era él quién me había dejado, quizá para auto convencerme de que yo no podía hacer nada contra eso. Pero lo que en realidad había pasado es que yo había sido valiente, y aún queriéndolo, había dado el paso de dejarlo. 

Estuve un año teniendo pesadillas. Estaba estudiando COU por aquél entonces, y tenía la selectividad encima. Todo eran presiones y me daba por reír y llorar de manera indistinta, sin motivo. Tenía muchos nervios. Todo eso lo pasé sola, sin amigos, pero lo pasé. De nuevo, sin yo haberlo sentido así, fui valiente. Aprobé todas las asignaturas aún siendo el año en que había cortado con mi novio y todo se había derrumbado en mi interior. 

Siempre digo que en aquél momento lo poco que quedaba dentro de mí de entereza, se rompió para siempre. Yo nunca me volví a sentir entera, feliz, como lo había sido antes aunque no tuviera amigos. Ya no podía confiar en nadie, pues la persona a la que yo le había abierto por fin mi corazón, no me quería en realidad.

Pero… llegó la Universidad. Y todo cambió. El primer día dirigí mis pasos por ese pasillo que en aquél momento estaba vacío, pues yo siempre llegaba pronto a los sitios por el miedo a llegar tarde. Me acerqué a leer el cartel del aula que iba a ser mi clase durante tres años. 

No sé porqué de repente las cosas fueron totalmente distintas. Un chico se acercó a mí y me preguntó alguna tontería. Luego vino otro y otro y otro y poco a poco fuimos un grupo. Todo chicos y yo, la única chica. Luego se añadió otra chica a ese mismo grupo. Lo pasábamos muy bien como compañeros, incluso íbamos juntos en el trayecto de vuelta a casa, en el metro. Pero claro, luego yo debía seguir sola hasta mi pueblo, pues vivía más lejos que los demás.

Nunca he sabido qué hubo de diferente en mí, que vio aquél compañero que se acercó que no le diera miedo de mí, pues yo  tenía muy claro que la gente no se me acercaba porque veían algo raro en mí, aunque no supiera bien qué era eso. Y lógicamente los otros chicos también se habían acercado, luego tampoco me tenían miedo ni me veían rara.

Pero bueno, ese grupo de compañeros no pasó de ahí, nunca fuimos tampoco realmente amigos, simplemente íbamos a la misma clase, nos sentábamos juntos, hacíamos los trabajos juntos pero nada más. Aunque yo era tan feliz de que eso sucediera que me daba igual que no habláramos de otras cosas y solo los pudiera ver en clase, para mí era más que suficiente. Iba todos los días contenta a la Universidad. Me sentía especial porque parecía que no era tan rara como había creído antes.

No sabía lo que era tomar un helado en una heladería al lado de una amiga, o ir a hacer deberes a casa de un amigo. Nunca lo había hecho y nunca lo hice de adulta.

Me fui obsesionando con la idea de conseguir una amiga, y no una cualquiera, una mejor amiga especial, una que no me abandonara, que me quisiera como yo era. Centraba todos mis esfuerzos en conseguirlo, pero como ya podréis suponer, eso tampoco funcionó. 

Seguí y seguí buscando, sin encontrar. 

Ahora que reflexiono sobre el tema me debí perder muchos años del presente por pensar en ese futuro ideal que nunca llegaba. Quizá dejé de conocer a personas que sí hubieran valido la pena y no me daba cuenta. Yo no quería conocer a nadie de manera superficial, no me bastaba con que fueran conocidos. Quería compartir mis momentos de vida con esa amiga. Quería a toda costa una. Tenía derecho, todas las otras chicas las tenían, ¿porqué yo no? ¿porqué era tan difícil?. 

El problema era que como más empeño ponía yo en esa búsqueda, más difícil era encontrarla. 

Así fueron pasando años y años de mi vida, en los que no reparaba en nadie, no daba oportunidad a nadie a acercarse a mí porque no eran suficiente, no eran “esa amiga verdadera“, o al menos no lo que yo entendía por amistad.

Si la amistad verdadera y real existía, yo quería tenerla.

En cierta manera, yo estaba idealizando de nuevo esa situación. Otra vez distorsionaba la realidad tanto que llegó a ser ficción, pues era casi imposible que nadie reuniera esas condiciones que yo requería de otra persona para ser mi amiga. Yo misma hice eso totalmente imposible, pues nadie es perfecto. La gente te falla.

Todos fallamos a los demás. Estaría bien darnos cuenta de eso. No hay nadie perfecto.

Me había hundido en mi propia búsqueda, como quién se cae a un pozo profundo y no logra salir de ahí. Como un ratón en una jaula dando vueltas y vueltas sin llegar a ningún sitio, como en un bucle.

Durante mucho tiempo ese camino de búsqueda de amigos y amigas estuvo lleno de decepciones, una tras otra. Si lograba abrirme un poquito, me pisoteaban una y otra vez, y yo me volvía a encerrar en mi caparazón.

No asomaba la cabeza ni para respirar. El miedo se hacía grande de nuevo y creaba una dura capa de hormigón alrededor mío.

Un nuevo miedo asomó en mi edad adulta, años antes de casarme. Ese miedo no lo puedo contar, al menos no hoy. Pero ha afectado a mi matrimonio durante más de veinte años. Todo por miedo. Porque nunca tuve verdaderas ganas de volver a salir del caparazón. No volví a ser valiente. Era demasiado difícil para mí.

Durante muchos años he seguido teniendo miedo. En el trabajo, a los compañeros, jefes, vecinos… daba igual. A todos. 

Un día llegué al tope de mi miedo. 

Tenía pánico. Por primera vez y por un motivo real. 

A mi marido le diagnosticaron una enfermedad grave, y otra y otra… creo que nunca me enfrenté realmente a ello, y estuve aguantando el miedo sin dejarlo salir.

Esa vez mi marido había estado en el hospital a punto de morir. No podía respirar, tenía los pulmones encharcados de agua, el corazón no le latía con la mínima intensidad que se requiere para la vida. Pero logró seguir respirando.

Llegamos a casa por la noche. Al estirarme en la cama entré en pánico. Recuerdo que no podía ni hablar, no podía respirar, tenía muchísimo miedo a perderle.

Yo me había sentido más o menos segura a su lado, su sonrisa y su positividad cuando lo conocí me habían dado mucha fuerza para volver a ser yo de nuevo, poco a poco pero volvía a ser feliz. Pero al sentir que le perdía para siempre, no pude más.

Entonces sucedió.

Sucedió esa cosa extraña en la que yo no creía. Tuve una especie de visión. 

Durante lo que debieron ser unos segundos, quizá ni siquiera un minuto, vi una escalera.





Miré hacia arriba, yo estaba abajo de las escaleras, como en un pozo profundo. Una sombra apareció, yo no podía ver su rostro. Se acercó un poco y desde allá arriba, con una luz blanca y potente detrás, me dijo: “Tranquila, yo estoy contigo“.

Automáticamente una paz me inundó. Es imposible poder transmitir lo que esa paz me hizo sentir porque os aseguro que en este mundo no existe esa luz tan blanca y azul, tan pura y que dé tanta paz, al menos nada que podamos ver.

Supe que ese ser, esa persona, era Jesús. El Hijo de Dios. Y lo supe sin lugar a dudas. 

Desde pequeña he ido a la iglesia y he oído hablar de él. Mi familia también es cristiana, mi marido y su familia también, aunque ellos lo conocieron más en su edad adulta. Pero mi visión de ese Dios era como si fuera una especie de general que nos vigila y nos castiga si hacemos algo mal. No conocía cómo era realmente. No conocía de su amor, de su protección, no había aceptado que era mi Padre, que eso era real, que su amor era de verdad y que Él nunca me había engañado.

Las personas me habían decepcionado, no tenía amigos ni amigas, pero os aseguro que ese amigo es de verdad, esa amistad verdadera que tanto había buscado había estado siempre a mi lado, cuidándome, sin yo aceptarlo del todo aunque sí lo sabía de manera racional. Pero no lo había interiorizado.

La mañana siguiente a esa visión fue el día más extraño de mi vida. 

Ya no tenía miedo. No existía la ansiedad, se había ido para siempre.

Los problemas, y esta vez sí eran graves, seguían existiendo, pero la ansiedad no. Mi marido seguía y sigue enfermo, pero yo ya no tengo miedo. 

Siempre he sabido donde vamos cuando morimos. La muerte, curiosamente, nunca me ha dado miedo, porque siempre he tenido claro donde voy, y de donde vengo. Soy su hija, Dios es mi Padre, y lo ha sido y será siempre, también después de la muerte física. 

No puedo tener miedo a la muerte si sé lo que hay detrás. El abrazo de mi Padre para toda la eternidad. No hay enfermedades, ni dolor, ni pecado, ni nadie hace daño a otro. No hay miedos, ni guerras. No hay envidias, ni celos, ni ira.

Allí solo hay paz. 

Mi médico de cabecera me dijo que la ansiedad volvería, que iba por épocas, que aunque yo ahora notaba que no estaba, ésta volvería. 

Yo sabía que eso no era cierto, porque toda mi vida había vivido con miedo, con ansiedad, y por primera vez ya no estaba ahí. Esa maleta llena de piedras no estaba. Iba sola, era libre.

Y así sigo. Soy libre. Se ha ido para siempre. 

Desde ese día no puedo decir que no haya habido problemas. Claro que los hay, de hecho aún hay más gente, y esta vez de verdad, que quiere intentar hacerme daño. Sobre todo en el trabajo. Los jefes quieren que me vaya porque no soy de su partido político, y porque piensan que los quiero denunciar. A saber porqué, pero lo piensan. Y creen que yo algún día les voy a hacer algo porque alguna vez sufrí bullying y tienen miedo de que yo les denuncie.

Pero a mí la empresa no me ha hecho nada. Si acaso algunas personas, algunos jefes y compañeros. Pero ahora son ellos los que tienen miedo. De mí. Miedo a que les denuncie, a que simplemente se lo cuente a alguien. 

Pero ya no necesito hacer eso. Si quiero lo digo sin problemas, pero ya no tengo esa necesidad, porque ya no tengo miedo.

Yo veo ese miedo a diario en sus caras, veo esa ansiedad y estrés, veo el llanto y las depresiones. Las identifico en seguida… ¿cómo no hacerlo cuando he pasado la mayor parte de mi vida con eso dentro?.

Tengo paz. El miedo se ha ido para siempre. Ojalá algún día tú puedas sentirlo también. No hay nada que desee más en esta vida que ver a los demás felices. 

Sin miedo. Con paz. De la buena. 

Seguramente habré roto todos los esquemas predefinidos de lo que es una buena narración, una narración correcta. Pero es cierta, toda ella. Y eso importa.






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